La UE de espaldas a los ciudadanos

Cuando en mayo del 2005 Francia, con una participación nunca vista, votó NO a la Constitución Europea, los políticos, lejos de pensar en que algo habían hecho mal para que los ciudadanos de tan importante país les dijeran no, se afanaron única y exclusivamente en intentar minimizar tal hecho.

En el mes de junio del mismo año, Holanda también dijo NO y también por abrumadora mayoría, y los políticos siguieron en las mismas, tan sólo tenían un mensaje “no podemos permitir que la crisis en torno a la ratificación de la Constitución Europea se convierta en una crisis general de la UE”.

Ningún político se paró a pensar que era el cuarto país que decía NO a un Tratado o Constitución que los políticos aplaudían como modélico; Dinamarca en 1992 fue la primera en dar portazo al Tratado de Maastricht.

No obstante, por si acaso el ejemplo se contagiaba se pusieron manos a la obra; crearon el Tratado de Lisboa y aparcaron la Constitución.

Y llegó junio del 2008 y de nuevo un país, Irlanda, dice No, en este caso al Tratado de Lisboa, sucesor del tratado de Niza (que a su vez sucedió al Tratado de Ámsterdam el cual había sucedido al tratado de Maastricht), al cual también dijeron NO en el año 2001.

Y en todo este tiempo y a pesar de todos los “desaires” los políticos siguen sin pararse a pensar el motivo de que los ciudadanos que pueden votar digan NO.

Si se parasen a pensar quizás se darían cuenta, y voy a hablar de España, aunque en otros países supongo será igual, que a los ciudadanos comunes, los que viven de un salario, a veces de poco más de 1000 euros, y en la mayoría de los casos con menos, no les gusta esta Europa que tan sólo contempla mejoras y dádivas para las empresas, que sólo habla de competitividad empresarial, de libre circulación de capitales, de deslocalización para obtener mayores beneficios, de subidas de impuestos, etc., porque el ciudadano común es lo que percibe, una UE que tan sólo se ocupa de legislar a favor de la competitividad de las empresas y olvida a los ciudadanos de a píe.

Y es que la UE, tras la implantación del euro (que trajo las mayores subidas de precios que recordamos), y la ampliación hacía de los países de la Europa del este, antiguos países del telón de acero, ha perdido el rumbo. Ya no sabe que quiere y no sabe hacia donde ir.

Ha abandonado el antiguo proyecto de integración a todos los niveles, pero sobre todo política de los países que la componen, quizás porque los líderes nacionales cada vez más dominados por sus estrechos objetivos nacionalistas a corto plazo utilizan la UE como chivo expiatorio de todas las medidas impopulares que adoptan, además carecen de visión, y de valentía, diría yo, para formular propuestas políticas a largo plazo y por supuesto se han olvidado de las políticas sociales, esas que afectan directamente a los ciudadanos, de ahí que éstos no se sientan identificados ni ilusionados con la UE.

Por otra parte, la excesiva burocratización de las instituciones europeas -Comisión Europea, Consejo de Ministros y Parlamento Europeo- incapaces para adoptar medidas ante problemas reales y candentes, también contribuyen y de forma decisiva al desencanto de los ciudadanos.
Tomemos el ejemplo de la cumbre europea de Bruselas de Jefes de Estado el 19 y 20 de junio, donde los mismos, y a pesar de la grandilocuencia de sus discursos fueron incapaces de adoptar o impulsar ninguna iniciativa concreta para hacer frente al problema que en estos momentos más preocupa a los ciudadanos: el alto precio del petróleo y de los alimentos.

Al final se limitaron a dejar en manos de cada estado la adopción de medidas para ayudar a sus ciudadanos y a los sectores más afectados, tan sólo se propusieron estudios y análisis.

Y es que no podemos olvidar que la UE es, y siempre ha sido, una unión de tipo económico por lo que las medidas que propone la Comisión Europea y que luego aprueban el Consejo de Ministros de la UE y el Parlamento Europeo siempre son a favor de las empresas, y nunca a favor de los ciudadanos, y aquí podemos citar varias de las más recientes:

• La posibilidad de ampliar la jornada laboral a 65 horas,
• La ampliación de la publicidad en la televisión
• O las declaraciones a favor de que las compañías telefónicas puedan cobrar a los usuarios por recibir llamadas en su teléfono móvil,
• La directiva sobre patentes
• Canon sobre préstamo de libros
• La política agrícola,
• O la última, de protección de la propiedad intelectual que dotaría a los isps para que puedan desconectar a los usuarios que hagan uso de los programas p2p.

Eso, sólo por citar solo unos pocos ejemplos recientes.

Por el contrario, no pierde el tiempo en legislar en derechos humanos y sociales, aunque a veces hay Directivas un tanto estrambóticas, como la que especifica el espacio mínimo legal que han de respetar los transportistas cuando el transporte es de animales (ya nos gustaría que se legislara de igual modo en cuanto al espacio mínimo necesario para viajar en transporte público en horas punta para los humanos) o una bastante antigua donde dejaron muy claro que era realmente “el chocolate a la taza”

Jean Monet, creador de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero, la primera UE, 1951) fue un banquero francés, afincado en EEUU que al finalizar la II Guerra mundial se estableció en Francia, pero con lo aprendido en estados unidos, escribió “No unificamos estados, unimos hombres. Europa no se hará de golpe, ni con una construcción de conjunto, se hará a través de realizaciones concretas creando primeramente y ante todo, una solidaridad de hecho. Los hombres sólo aceptan los cambios por necesidad, no ven la necesidad más que en la crisis. No conozco otras reglas que la de estar convencido y convencer”.

Evidentemente y aunque Monet, no sea precisamente mi ídolo, lo de unificar hombres lo olvidaron los respectivos sucesores y de tal forma que los ciudadanos ni siquiera podemos exigir ningún derecho a la tricefalía del poder que constituye la UE: Parlamento, Comisión y la Presidencia de turno, con el resultado de que al final los representantes políticos de cada país, que al final tienen que revalidar su escaño, emplean la táctica de las compensaciones entre intereses, sin pensar para nada en los ciudadanos.

Eso unido al desconocimiento por parte de los ciudadanos de cómo funciona en realidad esa tricefalia, para quien tenga curiosidad por saber como va aquí dejo un enlace de la propia UE donde explica como funcionan sus órganos de poder.

Esta Unión Europea que es una unión de estados y sus intereses económicos, y no de ciudadanos, donde nosotros, los ciudadanos que la componemos carecemos de responsabilidades reales tan sólo nos limitamos a votar cada 4 años a los parlamentarios sin que luego podemos demandar ningún derecho real, porque la tricefalia de poder que constituyen el Parlamento, la Comisión, y la Presidencia de turno entran en conflicto, y los políticos, que no olvidemos se deben a los intereses de sus países. Al final se impone el mercantilismo de la táctica de las compensaciones entre intereses de estados.




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