Si a los tres años no he vuelto de Ana R. Cañil

La historia comienza en Rascafría , un pueblecito de la sierra Norte de Madrid y en el año 1936 la Guerra Civil está a punto de empezar.

Jimena Bartolomé, una joven, apenas una niña, enamorada de Luís Masa, madrileño, comunista y su gran amor desde hace años, se dispone a abandonar su pobre pero tranquilo hogar y su pueblo para marchar con él a Madrid. Luís está en peligro y los dos lo saben y saben también lo que su relación va a traer, puesto que, a pesar de que Luís es comunista, es un niño de familia muy acomodada de Madrid, y sabe que su madre jamás aceptará a Jimena, ya que es de una clase social inferior a la suya. El rechazo seguirá hasta el final de sus días, incluso cuando sabe que se han casado (por lo civil) y no reconoce ese matrimonio.

Transcurre la Guerra Civil con sobresaltos pero logran sobrevivir y llega el final con la victoria de las tropas nacionales.

Luís, al ser comunista, llega un momento en que tiene que huir para salvar su vida. Jimena le jura que lo esperará hasta que vuelva a por ella. Su cuñado Ramón, el hermano de Luís, enamorado de Jimena en secreto, la ayuda todo lo que puede y mas, pero ninguno de los dos cuentan con la intrigante de su suegra, que cuando se entera que está embarazada la denuncia

a los falangistas y Jimena es encerrada en la temida cárcel de Ventas, a partir de ahí la vida de Jimena será como si hubiera llegado al infierno y la de su suegra como si se tratara del cielo: se ha quitado de en medio a la intrigante que engatusó a su hijo siendo como era de pobre y de baja clase social, además era una persona instruida, algo que ella, como la mayoría de las mujeres de su edad entonces no lo eran.

En la cárcel de Ventas, conoce a mujeres, presas como ella, algunas famosas como Petra Cuevas o Trinidad Gallego, detenidas por diferentes motivos, ideas políticas, por ser familiares de comunistas, por haber sido denunciadas por colaboracionistas con los “rojos” etc. sin embargo logran crear lo más parecido a una familia y todas se ayudan pues todas tienen un objetivo común: sobrevivir, salir de allí y empezar una nueva vida.

Y aquí entra en escena María Topete, la carcelera más cruel de las prisiones del Madrid de la posguerra y responsable de separar a muchos de los niños que sus madres presas tenían con ellas y entregarlos a los conventos para ser dados en “adopción” (en realidad los regalaban puesto que las familias cuando recibían a esos niños los inscribían como suyos) a las familias bien del Régimen.

María Topete fue la mano ejecutora de la doctrina del psiquiatra, Antonio Vallejo-Nájera (autor de diversos escritos sobre la degeneración de la raza española, que, según él, habría ocurrido durante la República, postura adoptada también por Juan José López Ibor y algunos psiquiatras afectos al régimen más) que pregonaba que había que salvar a los hijos de las rojos separándolos de ellos porque los hijos no eran culpables de la deficiencia mental de sus padres.

En realidad, María Topete, fue una amargada, una fanática religiosa y soberbia, que como no tuvo suerte en el amor siente rabia y odio por las mujeres que han disfrutado de él, pero sobre todo siente unos celos brutales por esa mujer que su amiga (la suegra de Jimena) le ha marcado para que le haga la vida imposible, María lo intentará pero la fuerza moral de Jimena lo impedirá y a pesar de todo el mal que logra causarle, no logrará domeñarla.

María Topete, descendiente de una aristocrática familia de marinos, entró a formar parte del personal, pese a carecer de preparación alguna en ese campo, de la cárcel madrileña de Ventas por su currículum de persona afecta al régimen, honorable y una fervorosa católica además de tener una ideología ultraderechista de toda la vida.

Más tarde logrará llegar a ser directora de una prisión nueva que se abre en la capital, la Prisión de Madres Lactantes (más tarde llamada Centro penitenciario de Maternología y Puericultura y permaneció abierta hasta 1969), cuyo fin era separar a las madres de los hijos (evitar que los niños mamaran la leche de las republicanas) para darlos a las familias afectas al régimen.

En Si a los tres años no he vuelto, se narran unos hechos terribles  de los que poco se ha hablado y que son prácticamente desconocidos de esa época negra de nuestra posguerra: la historia de las prisioneras cuyos hijos les fueron arrebatados por sus carceleros para darlos en adopción o internarlos en seminarios y conventos, pero alejándolos de los brazos nocivos de sus madres “rojas”.

Ahora que se habla mucho de los niños robados a familias normales, en hospitales normales, leer esta historia, nos hace comprender el motivo de que esos hechos sucedieran, sencillamente, las familias pudientes eran muy generosas con las instituciones que les proveían de hijos, y a esos degenerados la avaricia les hizo acostumbrase a manejar unos “generosos donativos” pero con el paso del tiempo se les acabó el material gratis de que disponían en las cárceles y tuvieron que idear otros sistemas y recurrieron a los hospitales, pero como siempre las victimas seguirían siendo las mujeres pobres y las excluidas socialmente o al menos en riesgo de serlo.

Aunque al principio puede parecer un poco pesada, inmediatamente la historia se convierte en una novela que cuesta mucho soltar, por el enfrentamiento entre Jimena y María Topete, dos mujeres inolvidables, pero más por el terrible hecho que denuncia y del que sabemos que no ha tenido castigo, y lo que es peor, no lo tendrá.

María Topete existió y murió en el año 2000, a los 100 años y en su cama, Jimena… muchas Jimenas existieron y murieron de muy diversas maneras, aunque la nuestra, la protagonista el final de la historia…

Ana R. Cañil  consigue un libro muy bien escrito, con un ritmo narrativo que engancha con un tono y un vocabulario que nos recuerda al de aquella época (sólo es preciso escuchar a nuestras madres para darnos cuenta de ello).

Esta novela aunque dura, es parte de nuestra historia, y tenemos el deber y el derecho de conocerla, para avergonzarnos y que nunca vuelva a suceder.

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